4Foto1Video© hoy.esLas borrascas dejan tocadas estas playas de Huelva y Cádiz a las puertas de Semana Santa
Barcelona se ha pensado a menudo como una isla de urbanismo ejemplar, un laboratorio en el que el espacio público ha priorizado la calidad de vida de quienes lo residen. Llevamos años trabajando para consolidar y ampliar espacios de estancia y garantizar la movilidad sostenible, pero esto no puede hacerse al margen de la realidad de las personas que entran y salen cada día.
Reurbanizar la Meridiana o crear ejes verdes como el de Consell de Cent son proyectos necesarios, pero si no abordamos los flujos metropolitanos con la misma valentía, las mejoras serán insuficientes. No sirve de mucho reducir el tráfico en una calle si no se reduce también en el conjunto de la ciudad.
Que la movilidad de la ciudad sea funcional y al mismo tiempo sostenible depende en gran medida de cómo diseñamos los accesos. Somos parte de un territorio donde la mitad de los puestos de trabajo de la ciudad los ocupa gente de fuera, y donde miles de barceloneses se desplazan a diario hacia la región. Nuestras fronteras son puertas que funcionan en ambos sentidos y los datos advierten de una fractura clara: mientras que el vehículo privado es residual en los trayectos internos, en los accesos todavía representa el 40% de los viajes.