© hoy.esLa deportividad del deporte rey
El adjetivo que nos envuelve con su magia arrolladora es deportividad, que le ha servido, incluso al premier inglés Keir Starmer, para justificar su renuncia. Tras preguntar a su grupo parlamentario si era el mejor situado para liderarlo en las próximas elecciones, los diputados le responden con un mayoritario no, que Starmer aseguró «aceptar deportivamente». El fair play británico obliga, aunque, en el caso, parece significar que no le quedaba otro remedio, pues se había quedado sin apoyos.
La deportividad como valor o incluso como virtud, apela al respeto, a la integridad, al juego limpio, a la igualdad, a la competencia sana (aunque intensa), al autocontrol, a la responsabilidad, a la corrección, y también a la disciplina y al sacrificio.
La ética del deporte se conceptúa como deportividad que, como escribió Salvador de Madariaga, rige las relaciones del jugador con sus compañeros de equipo y también con sus adversarios, sin los cuales no sería completo el juego. Aristóteles pedía a la gimnasia que creara en los jóvenes «un espíritu fuerte en estratagemas, un alma audaz y prudente, emprendedora y aceptante».