Julio Iglesias, al paredón5Foto© larazon.es

Julio Iglesias, al paredón

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España es un país extraño. No tenemos paciencia para la justicia, pero somos campeones en dictar sentencias. Y cuanto más famoso es el acusado, menos tiempo necesita el veredicto. A Julio Iglesias le bastaron unas horas. Ayer cantante. Hoy, para algunos, ya culpable. El proceso judicial puede esperar, el paredón no.

Las denuncias existen y deben investigarse. Eso no se discute. Lo que sí merece discusión es el entusiasmo con el que una parte del ecosistema político y mediático ha convertido una denuncia en un espectáculo moral. Testimonios explícitos, tertulias en tromba, ministros opinando como si fueran jueces suplentes. El viejo circo romano, pero con grafismo moderno y discurso de género.

Aquí no hay prudencia ni respeto a los tiempos. Hay prisa. Prisa por cancelar. Prisa por quemar en la hoguera. Porque Julio Iglesias no es solo un cantante: es una anomalía para la izquierda woke. Un hombre de éxito sin tutela pública. Un artista que ha llenado estadios sin pasar por ningún Ministerio. Un español universal que nunca pidió perdón por serlo. Y eso, en el ambiente sanchista, es imperdonable.