© laverdad.esIñigo Vélez: «Quería continuar en el Cartagena, pero a final de liga yo no era la prioridad»
Vivimos en la era de la desfachatez. El poder y todos sus satélites han perdido la vergüenza y, lo que es más grave, han descubierto que exhibirla rinde. Lo que hace veinte años se escondía detrás de abogados y silencios y «sin comentarios» ahora se muestra en horario de máxima audiencia, con buena luz y maquillaje.
El pasado 7 de julio, la Corte de Apelación de París confirmó que Marine Le Pen desvió millones de euros del Parlamento Europeo y la condenó a un año de prisión firme bajo brazalete electrónico. Esa misma noche, a las ocho, peinada e impecable en el plató de TF1, anunció su candidatura a la presidencia de la República. Entre la sentencia y la candidatura pasaron unas siete horas. Anunció también que recurrirá en casación para poder hacer campaña «sin brazalete electrónico». La culpa la deja para los jueces; a ella le preocupa el vestuario. A sus seguidores todo les da igual.
Al otro lado del Atlántico, un jurado declaró a Donald Trump responsable de abusar sexualmente de la escritora E. Jean Carroll y de difamarla llamándola mentirosa, y lo condenó no una sino cuatro veces a pagarle varios millones de dólares. El juez precisó que, en el lenguaje que hablamos los que no somos juristas, aquello se llama 'violación'. Trump sigue repitiendo que ella miente. Lo hace entre proclamas de haber ganado la guerra de Irán y haber devuelto a su país un prestigio mundial que cualquiera que viaje con pasaporte y periódicos puede comprobar que se evapora.