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Zapatero y el rey Juan Carlos4Foto© lavanguardia.com

Zapatero y el rey Juan Carlos

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Los gobernantes son hombres de acción, y se les ha de juzgar, sin duda, por lo que hacen. Pero en una democracia los políticos se deben a los electores, y por ello deben explicar y justificar sus decisiones y someterlas al debate público, por lo que su discurso es igualmente importante para valorar sus acciones y para determinar hasta qué punto lo que dicen concuerda o no con lo que hacen.

El discurso político de José Luis Rodríguez Zapatero fue desde el principio muy pobre, simplón, superficial y extremadamente cursi y sentimentaloide. Lo que, desde luego, puede constituir una ventaja para captar a un público que busque facilidad y comodidad o, dicho de otro modo, es el abecé de la fórmula populista.

En el caso que nos ocupa, se reduce prácticamente a la consigna de los hippies, «paz y amor», con sus consiguientes derivados positivos (acuerdo, entendimiento, reconciliación, alianza, convivencia, talante, buen rollito, etc.) y negativos: yo escuché en cierta ocasión al expresidente defender la erradicación de toda forma de violencia (incluida, por tanto, la que la policía ejerce sobre los delincuentes cuando les detiene por orden de un juez; ahora lo comprendo mejor).