3Foto© larazon.esVox y PP se quedan solos al pedir que el Parlament rinda homenaje a los catalanes de La Roja
Cada vez que este país gana algo, la identificación emocional con la nación española sale del armario durante setenta y dos horas exactas, el periodo de bula simbólica durante el cual hasta el muy mesetario vocero de Podemos, ese de la melena envidiable, se enfunda la camiseta del equipo para oficiar en las charcas de la telebasura. Pero, acto seguido, la desvergüenza identitaria de los españoles vuelve a esconderse hasta la siguiente hazaña deportiva. El español es un nacionalismo que se niega a sí mismo, un nacionalismo de pellizco de monja.
Hoy, con España proclamada campeona, toca de nuevo el ritual: banderas en los balcones, bocinazos impunes y algún ministro posando de rojigualdo con el calculado oportunismo estratégico del anticlerical que se santigua en los funerales. Al tiempo, mientras el resto celebra, en el País Vasco, Navarra y alguna Cataluña, la agreste, arden banderas. Es el reverso de la misma moneda.
Porque si la identificación emocional con la nación necesita un Mundial para asomar la cabeza, el nacionalismo antiespañol no requiere de ninguna pelota de campeonato para exhibir con desparpajo el pelo endogámico de la dehesa.