2Foto© sport.esUn murciano en la cima del éxito de la restauración
No la pobreza. No el hambre. No el agua. La muerte. La suya, claro.
Bryan Johnson se gasta dos millones de dólares al año en no envejecer. Se mide todo: el sueño, la glucosa, la velocidad a la que eyacula, el ángulo exacto de su cuello cuando duerme. Ha sometido su cuerpo a un régimen tan meticuloso y tan desprovisto de placer que uno se pregunta, con genuina curiosidad antropológica, para qué exactamente quiere vivir más. Parece un hombre que ha decidido convertirse en su propio experimento, en su propio laboratorio, en su propio producto. Y en algún punto del camino ha dejado de ser una persona para convertirse en una start-up.
Esto no es nuevo, claro. Los poderosos siempre han querido vivir para siempre. Los faraones. Los emperadores chinos envenenados por sus propios elixires de mercurio. Ponce de León buscando fuentes en Florida como un turista desorientado.
Lo nuevo es la escala, la seriedad con la que el capitalismo de Silicon Valley lo ha abrazado como industria, como ecosistema, como oportunidad de negocio con Powerpoint y ronda de financiación serie B. Lo que ha cambiado también es el lenguaje. Ya no se habla de inmortalidad; eso suena demasiado a Drácula, demasiado a mito griego.