© theobjective.comMossad: la guerra en la sombra
Son inmigrantes porque han venido de allí hacia aquí. Migran los pájaros, que no entienden de fronteras. Pero las mujeres y los hombres fuimos señalados con la luz de la razón y, fruto de ella, las leyes que rigen nuestra convivencia. Ahí se delimitan los Estados y la pertenencia.
Ceuta es una ciudad tomada. Carne y no pólvora empleada para la «violación y el ataque a la integridad territorial», como la definió Pedro Sánchez en su primera comparecencia tras la invasión. En las calles de la ciudad se expande un pastoso silencio, roto por las sirenas, por el alboroto en la madrugada, por los silbatos de los ciudadanos exigiendo justicia en la plaza de África.
La cotidianidad se abre paso a codazos. Apenas hay niños en las calles. Los parques ocupados por hombres jóvenes, en bermudas y camiseta —o sin ella—. Sandalias. Bolsas de plástico con sus escasas pertenencias. Los magrebíes siempre están en movimiento, en grupos pequeños, de un lado para otro sin que nadie sepa demasiado bien —creo que ellos tampoco— ni qué buscan ni adónde van. Los subsaharianos se agrupan en mayor número y se mueven menos. «El marroquí es así», me contó un taxista musulmán. «Y ese movimiento intimida a la gente porque parece que siempre traman cosas».