© hoy.esLos selvicultores reclaman un pacto de Estado para poner los bosques en el centro de la política española
Titulado 'Los bosques no pueden esperar más', habla el manifiesto de una política forestal que ha permanecido «prácticamente inmóvil», mientras el territorio evolucionaba. «Los bosques crecían y acumulaban combustible», señalan, pero «la gestión forestal desaparecía progresivamente de las prioridades públicas».
Por eso reclaman este pacto de estado que debería, al menos, contar con estos seis puntos.
A saber, reconocer la gestión forestal sostenible como una actividad de interés general e imprescindible, aprobar una fiscalidad forestal específica, adaptada a la realidad de la actividad selvícola y a sus largos ciclos de producción, que incentive la inversión en prevención, reconozca la figura del selvicultor activo y favorezca la continuidad de la gestión forestal; implantar mecanismos permanentes de compensación por los servicios ecosistémicos, remunerando a quienes generan beneficios públicos como la captura de carbono, la regulación del agua, la conservación de la biodiversidad, la protección del paisaje o la reducción del riesgo de incendios; simplificar y agilizar los procedimientos administrativos; impulsar decididamente la movilización sostenible de la biomasa, la agrupación de propietarios forestales y la profesionalización del sector, y finalmente, desarrollar una planificación territorial frente a los grandes incendios, identificando zonas estratégicas de gestión, priorizando actuaciones preventivas a escala de paisaje y garantizando una financiación estable y plurianual para su mantenimiento.
Lo ejemplifican con cifras. España posee más de 28 millones de hectáreas de superficie forestal, que ocupan el 56% del territorio nacional. El 72% de esa superficie pertenece a propietarios forestales privados. «Cada año nuestros montes generan alrededor de 46 millones de metros cúbicos de biomasa, de los que únicamente se aprovecha una parte. Millones de toneladas permanecen acumuladas en el territorio, convirtiéndose en el combustible que alimenta incendios cada vez más rápidos, más intensos y, en demasiadas ocasiones, fuera de toda capacidad de extinción», lamentan.