8Foto1Video© larazon.esLos griegos ya predijeron el eclipse
En su iluminador y benéfico Lectura del Génesis (Galaxia-Gutenberg), Marylinne Robinson hace un comentario muy agudo y concerniente sobre el célebre episodio bíblico en el que Dios saca a Abraham de su cabaña y, en respuesta a su queja no por no tener hijos, le da su palabra «en visión» y le dice: «Mira ahora los cielos y cuenta las estrellas, si las puedes contar, y díjole: Así será tu simiente».
Robinson interpreta el pasaje como el momento en que Dios crea un segundo universo en el que cada estrella del firmamento es un alma humana: «Dios ve, a través de los ojos de Abraham, la belleza que podría ser una exhibición arbitraria de poder divino si se tratara solo de una muchedumbre de estrellas. Él le enseña qué se desplegará a lo largo de eones de tiempo entre la humanidad.
Y todo eso será bendecido con el nacimiento de ese único hijo».
Más que una simple metáfora, por tanto, el encuentro de Abraham con Dios a propósito de su «simiente» supone el anuncio de lo que será la familia de la humanidad, reflejo de las constelaciones infinitas. Un trasunto caído e imperfecto, sí, pero a la vez santificado, es decir, separado de su mera condición biológica. La cosmovisión abrahámica adquiere así una singularidad que la distingue positivamente de todas las restantes explicaciones mitológicas del espacio, puesto que confiere a lo humano una filiación divina, indisoluble mientras dure el pacto que la hizo posible.