4Foto© elespanol.comLa verdad absoluta y sus versiones
Las sociedades, como los seres humanos, necesitan tanto de la memoria como de su capacidad de olvido. Memoria para saber de dónde venimos; olvido para no ser secuestrados por los enfrentamientos, los odios y las pendencias del pasado. La capacidad de memoria, aunque parezca paradójico, fue una seña de identidad muy acusada durante el periodo de la Transición y se expresó en la determinación de evitar un pasado repleto de enfrentamientos y guerras civiles entre españoles.
Tristemente empeñados en recordar lo más negro de nuestro pasado, podemos volver a repetirlo, unos por ignorancia y otros porque se han convertido en «figuras de sal», que viven de la idealización de la II República, la Guerra Civil y la lucha antifranquista. Ya Américo Castro, trascendiendo los terribles episodios que le llevaron al exilio, decía: «Había perdido eficacia el mito del imperio universal sostenido por la fe católica… Una vez resquebrajada la voluntad colectiva en aquel siglo, nunca más volvió a restablecerse; en adelante, unos querrían una cosa y otros la contraria».
Puede ser que Castro fuera más un extraordinario inspirador que un historiador al que recurrir como única opción, pero su diagnóstico es confirmado por otros personajes referenciales. Menéndez Pidal cuenta la sorpresa de los generales franceses que comandaban los «cien mil hijos de San Luis» ante la saña con la que combatían los españoles entre sí.