5Foto© larazon.esLa prioridad nacional de Vox encalla hasta con pacto previo
Porque lo más inquietante no es solo la corrupción que aparece cada semana en titulares, sino el lugar donde brota. Instituciones creadas precisamente para vigilar, controlar o proteger el interés general terminan demasiadas veces atrapadas en redes clientelares, favoritismos o simples dinámicas de degradación moral. Y cuando eso ocurre, el daño no es únicamente económico. Es un deterioro de la confianza colectiva, un desgaste silencioso del vínculo entre ciudadanos y democracia.
España no necesita una prioridad nacional basada en el miedo ni en la exclusión. Necesita una prioridad nacional asentada en valores cívicos compartidos. Valores quizá poco estridentes, pero imprescindibles: respeto, honestidad, responsabilidad, transparencia, eficacia y sentido del deber. Virtudes públicas que durante demasiado tiempo han sido tratadas como ingenuidades decorativas mientras prosperaban el oportunismo y la impunidad.
Resulta paradójico que en una época saturada de discursos grandilocuentes escasee precisamente lo elemental: dirigentes que rindan cuentas, administraciones eficientes, instituciones transparentes y ciudadanos capaces de exigir ejemplaridad sin sectarismos. Hemos convertido la polarización en espectáculo permanente y, entre tanto ruido, se debilita algo mucho más importante: la cultura cívica.