© ideal.esEl exclusivo regalo de descubrir Altamira
Pasadas las doce y media de la mañana llegaba el momento de cruzar el umbral del lugar más emblemático del arte rupestre. Previamente, se habían colocado el buzo blanco y los zuecos. «Hay que poner la mascarilla, cubrir la cabeza con el gorro y poner los frontales», se escucha explicarles a una de las dos guías que les acompañan.
Y como última indicación: «Muy importante, tenemos que poner los zuecos en esta solución de agua oxigenada». Con esto, se cierra la puerta y empieza un viaje en el tiempo que dura 37 minutos en total, ocho cronometrados en la sala de los policromos, el corazón simbólico y artístico de Altamira.
Los cinco afortunados salen sorprendidos de la experiencia. «Ha sido impresionante», dice Marta Barategui, que celebra haber podido vivir «un sueño que muchos quisieran hacer realidad pero pocos pueden». A Mateo Bárcena le ha impresionado la amplitud de la cavidad, más grande de lo que se podía imaginar. «Hay mucho calor y humedad. Cuando estás abajo, falta el aire», comenta. Y sobre las pinturas, «son idénticas a las de la Neocueva».