El bastinazo de Stephen Hawking3Foto© larazon.es

El bastinazo de Stephen Hawking

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Me doy cuenta de que el tiempo me alcanza, vamos me muerde los tobillos, si pienso en la primera vez que vi a Stephen Hawking en la tele. Eran los ochenta y mi abuela pensaba que aquel inglés con gafas estaba turulato o con una «tajá» como un mulo. «Parece tu tío, con la cara ‘doblá’», decía la pobre.

Mi padre me explicaba el valor que tenía el hombre, ya que pese a estar atado a una silla de ruedas era la persona más inteligente de la Tierra. «Fíjate el mérito y no puede ni rascarse», me dictaba mi conciencia de EGB sobre la que yo revoloteaba castigado en el recreo. No comprendía lo que explicaba entonces, ni de mayor luego, aunque lo intuí en la película que le dedicaron hace unos años.

Pensaba que iba de que esto se acaba, que dura poco, que somos una sombra difusa. Es decir, que no. Leí luego varias obras suyas, navegando como un ciego sobre el Teorema de Penrose, saltando al Modelo de Friedman, añadiendo singularidades a mi existencia básicamente.