China ya no compra nuestros productos
Con el cambio de siglo, un modelo de coche se hizo omnipresente en las calles de China: el Volkswagen Santana, sobre todo en color granate, fue arrinconando a las bicicletas que habían copado el asfalto hasta que Deng Xiaoping acabó con el maoísmo y abrazó una versión muy particular de la economía de mercado.
El dragón despertaba y las marcas extranjeras no tardaron en ver una suculenta oportunidad de negocio: primero para producir barato y exportar -embrión de la deslocalización y de la globalización- y luego para vender sus productos a más de mil millones de chinos ávidos de probar un tipo de vida diferente.
De repente, KFC y McDonald's se abrieron paso entre los restaurantes de fideos, Starbucks plantó cara al té en el país que más lo bebe, el vino se convirtió en símbolo de estatus e incluso el presidente del país comenzó a brindar con él, y las marcas de lujo europeas babeaban ante el interminable reguero de nuevos ricos que nacía en la industria y la construcción.