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Pocas cosas cotidianas son tan insoportables como los charlatanes, que saben de todo y de todo opinan, y me temo que vivimos en la civilización —si puede llamársele así— de la charlatanería. Tan es así que el Congreso —en teoría la casa de todos— se está convirtiendo, salvo excepciones muy honrosas, en su templo.
En casa se oía alguna vez y entre risas la palabra «charlatán» o la expresión «vendedor de mantas zamoranas» y, sin que nadie nos explicara nada, sabíamos lo que se quería decir: cosas del léxico familiar, del que el tiempo exilia y uno añora y a veces reproduce para sentirse en casa frente a los cambios en el uso del lenguaje.
El editor Mario Muchnik, invocando a Klemperer, aseguraba que la barbarie empezaba con una falta de sintaxis y los campos de exterminio con la alteración del significado de las palabras. A esa alteración le seguían la devastación del lenguaje y la muerte.