© ideal.esLa guerra pone en peligro el agua potable en el Golfo Pérsico
El conflicto ingresa así en un territorio de aguas movedizas. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, acusó a EEUUde atacar el 7 de marzo una planta desalinizadora en la isla de Oeshm, en el estrecho de Ormuz. El Pentágono lo negó, pero Teherán se agarró a ese precedente y lanzó un dron contra una dotación de ese tipo en Bahréin, aliado de Washington en el Golfo Pérsico. Las alarmas saltaron en la región. El agua allí es sagrada.
Irán bebe en buena medida de embalses y pozos, aunque las sequías, cada vez más frecuentes y duraderas, y el crecimiento demográfico y agrícola han colocado al país persa en una situación crítica. De hecho, la falta de agua fue uno de los motivos que alentaron las protestas populares previas a la guerra. Sus vecinos y socios de EEUU en el Golfo son todavía mucho más dependientes de las desalinizadoras –casi la mitad de este tipo de plantas se concentra en Oriente Medio–. En Kuwait, el 90% del agua potable procede de ese suministro. El 86% en Omán y el 70% en Arabia Saudí.
«Allí, sin agua desalinizada no hay nada», sentencia Esther Crause-Delbourg, economista especializada en este asunto. «El primero que se atreva a atacar el agua desencadenará una guerra mucho más devastadora que la actual», advierte. Hasta ahora parecía un sector intocable. De hecho, los Convenios de Ginebra de 1949, que son el germen del derecho internacional, prohíben las agresiones contra infraestructuras indispensables para la supervivencia de la población. La mayoría de los países firmaron ese acuerdo, pero no Israel, Irán y EEUU, los tres actores de este conflicto.