© ideal.esEl lugar de los que esperan: «Busco a mi hija y a mi mujer; tiene el teléfono encendido, pero no me coge»
La noche del accidente, la atención de la emergencia se repartió en tres enclaves en el pueblo. La sede del coro de Adamuz con un bar anexo donde se reunió a los pasajeros ilesos o con lesiones muy leves, que esperaron allí los autobuses fletados por Renfe para llevarlos a sus respectivos destinos.
En la caseta municipal se estableció el hospital de campaña, una gran sala de triaje desde donde se derivó a los heridos a los diferentes centros sanitarios. Allí, en las primeras horas, se vivió el desconcierto con algún reencuentro feliz, como el de Lola -que volvía en el Alvia de presentarse a las oposiciones a Instituciones Penitenciarias- con su hermano y su cuñada, que vinieron a buscarla desde Antequera. Lola tenía un asiento en el vagón tres, uno de los más afectados, pero en el último momento se cambió al cinco para viajar con una amiga. «Quizá eso me salvó la vida», confiesa.
Y todo ese embudo de desesperación desembocó en el hogar del jubilado, donde Antonio y sus hijos servían cafés y tilas sin descanso y sin cobrar un euro. «Es lo mínimo que podemos hacer por ellos», comentaba, sobrepasado por la situación. A medianoche apenas había una decena de personas porque muchos familiares se fueron a buscar a sus seres queridos a los hospitales. Después, se fue llenando.