4Foto© elcorreo.comMagia de Morante, ciencia de Luque
El castigo de varas atemperó al toro, vivo en banderillas y misterio por resolver. Vestido de mandarina y bordados blancos -un modelo tomado de una antigua estampa de La Lidia, más de un siglo de historia-, Morante abrió como suele sin pruebas, puesto ya y catando por alto el toro en seis viajes por las dos manos sin apretarse ni componerse. La cata fue un compás de espera. Se hizo en la plaza un silencio extraordinario. Trece mil bocas cerradas y solo las voces sueltas de un niñito.
Una primera tanda formal por la mano derecha muy despaciosa. Fijo en el engaño, el toro vino andando, la cara arriba. Una segunda de parecida manera, pero segada por un par de golpes de viento. No es que cundiera la impaciencia porque el asiento natural del torero era más que visible y, fuera como fuera el inicio de faena, no faltaba costura. Hasta que casi de repente, al ponerse Morante por la izquierda, empezó a fluir la cosa.
Sin ser propiamente gazapón, el toro seguía viniendo al paso, pero ahora se encontró con la muleta dormida y plana en la mano de Morante, que, a compás lentísimo, dibujó cinco naturales rematados en la cadera de absoluto asombro. El rugido de la plaza fue tremendo. Se puso de pie mucha gente.