© lavanguardia.comEl Magic, subcampeón del torneo social del Bayern de Múnich
Pedro Sánchez sigue siendo el más listo de la clase. Lo es, y conviene reconocerlo. Ha sabido situar en el centro del debate la necesidad de resistir una ola autoritaria que recorre el mundo, y la escenificación de este fin de semana en Barcelona, con lo mejor de la progresía internacional, es una prueba de ello calculada al milímetro. Política como relato. Política como escenario. Pero también política como cortina de humo.
Porque mientras el foco apunta hacia fuera, hacia Trump y sus epígonos, dentro la realidad es menos lucida. Las encuestas no acaban de acompañar ni a Sánchez ni a sus socios, y una de las razones es la gestión de cuestiones que no admiten eslóganes fáciles. La inmigración es una de ellas, central. Y aquí, más que relato, se necesita gobierno.
Hace veinte años que no se producía una regularización extraordinaria. Y esto, en sí mismo, es ya una anomalía. No porque no sea necesario dar respuesta a situaciones de irregularidad, sino porque el sistema debería funcionar sin necesidad de parches masivos. Si la contratación en origen fuese ágil, si las empresas pudieran incorporar trabajadores en semanas y no meses o años, buena parte de las irregularidades no existirían. Pero no es así. Y mientras tanto, miles de personas llegan y acaban quedándose en una suerte de limbo administrativo que se cronifica.