3Foto© elpais.comEl festival DanzaTTack concede el Premio por Amor a la Danza a la grancanaria Natalia Medina
Lo escribió Aristóteles hace casi 2.500 años al comienzo de su Metafísica. Y con el paso de los siglos, aquella intuición no ha hecho más que corroborarse: todos los seres humanos desean, por naturaleza, conocer. Y esa pulsión, que para su maestro Platón adquiría la forma de un rapto literalmente erótico, tuvo siempre como primera motivación el asombro. Una inquietud que, las más de las veces, nos sorprendió mirando al cielo.
Existe otra antigua leyenda, previsiblemente falsa pero que merecería ser verdadera, en la que un filósofo aún más antiguo, Tales de Mileto, cayó en un pozo mientras caminaba observando los astros. El olvido de las cosas más mundanas y próximas, y su concentración en las esferas celestes, le hicieron tropezar mientras una muchacha tracia sonreía al comprobar el ensimismamiento —otra bonita palabra que obsesionó a Ortega— del sabio. Un sabio que, por cierto, observó con tanta precisión la regularidad del cielo que fue capaz de predecir un eclipse.
En parte por la rotación de los astros, pero también por las cosas que pasaron en la Tierra, el tiempo pasó, y los seres humanos siguieron obsesionados con comprender los misterios del cielo. Y bien que lo consiguieron, gracias al esfuerzo y la valentía de quienes se atrevieron a dudar y a jugarse el pellejo. Porque lo de arriesgar la piel por querer saber del espacio y las estrellas es algo que no pocos ensayaron antes, incluso, de abandonar la gravedad terrestre que nos ata al suelo.