© hoy.esLos científicos siguen aprendiendo de la catástrofe nuclear de Chernóbil
El personal, ataviado con tres capas de algodón blanco, entra y sale a toda prisa del «corredor dorado», un pasillo estrecho de casi un kilómetro que recorre toda la planta, con paredes de aluminio pintadas de dorado —algo típicamente soviético— y suelos que forman una impresionante extensión de baldosas rotas que crujen bajo los pies.
A lo largo de su recorrido hay bandejas con alfombras empapadas en las que hay que pisar para que recojan cualquier polvo potencialmente radiactivo de la suela de los zapatos, y anticuadas puertas con escáneres de radiación de cuerpo entero: solo pasan quienes están limpios.
Algunas de las personas que atraviesan el pasillo se dedican al control de la radiación, mientras que muchas más llevan a cabo las labores, terriblemente lentas, de desmantelamiento y clausura. Otras siguen haciendo nuevos descubrimientos científicos.