La maldición de la belleza3Foto© lavanguardia.com

La maldición de la belleza

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Hay cosas que no entiendo. Lo que más me desasosiega en estos momentos es cómo un ser de luz como Óliver Laxe puede hacer un película tan tenebrosa como Sirât y, la principal, que todo el mundo hable, para bien o para mal, de su cine y nadie alabe su apabullante belleza. ¿Qué pasa, acaso la corrección política nos impide admirar la perfección estética? Entiendo perfectamente que Yolanda Díaz, vicepresidenta del Gobierno, gallega y soltera, cruzara el Atlántico y todo el territorio de Estados Unidos solo para estar unas horas, en Los Ángeles, junto a esa obra de arte de la naturaleza.

Los guapos, hay que admitirlo, siempre han tenido mala fama, peor incluso que las guapas. Un guaperas nunca ha sido alguien de fiar; si ya de por sí el porcentaje de narcisistas entre el género masculino es muy elevado, solo falta que encima tengan cualidades físicas en las que sustentarse. También es verdad que históricamente los hombres han hecho menos alarde de su belleza que las mujeres, sobre todo en tiempos pretéritos, cuando a ellas se les inculcó la idea de que, gracias a su buena presencia, podían alcanzar todas las metas sin necesidad de cultivar el intelecto.

Es lo que pasa cuando a las personas se las trata como objetos, de ahí el binomio guapa/tonta que tan buen resul­tado ha dado a las que, siendo listas, preferían ir de bobas. A ellos se les fomentaba conquistar por el poder y el dinero, así que no tenían que echar mano de su belleza, aunque sí de otros atributos físicos como la fuerza, que no fortaleza.